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[COLUMNA] «DONDE EL MUNDO SE ESTRECHA: LA EPOPEYA DE SARMIENTO DE GAMBOA EN LA FRONTERA AUSTRAL»

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Por

José Ignacio Alvarez Chaigneau
PhD(c) Geografía e HistoriA
Profesor residente de la Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)

El descubrimiento del Estrecho de Magallanes, en 1520, alteró de manera irreversible la geografía política del mundo. Por primera vez, un paso natural permitía unir los dos mayores océanos del planeta sin circunnavegar continentes. La Corona española comprendió tempranamente que aquel corredor austral no era una curiosidad náutica ni un accidente cartográfico, sino un eje estratégico de primer orden, capaz de redefinir el comercio global, la guerra oceánica y la proyección imperial en el hemisferio sur.

Durante décadas, el Estrecho fue conocido, navegado y temido. Pero conocer no equivalía a dominar. En la segunda mitad del siglo XVI, la expansión de potencias rivales —en particular Inglaterra— transformó aquel espacio remoto en una frontera crítica del Imperio. La irrupción de Francis Drake en el Pacífico (1578) fue una advertencia inequívoca: el Estrecho debía ser controlado, fortificado y poblado, o se convertiría en una herida abierta en la defensa del imperio oceánico español.

En ese contexto surgió una de las empresas más audaces, dramáticas y visionarias de la historia hispanoamericana: la expedición colonizadora de Pedro Sarmiento de Gamboa.

La llegada al confín del mundo

Zarpando desde Sanlúcar de Barrameda, puerto de salida hacia las Indias y umbral del Atlántico imperial, Pedro Sarmiento de Gamboa condujo una de las mayores empresas colonizadoras jamás intentadas en el extremo austral, concebida no como exploración, sino como ocupación soberana. La expedición partió integrada por una poderosa armada de más de veinte naves y varios miles de hombres, civiles y soldados, llamada a cerrar definitivamente el paso interoceánico a las potencias rivales. Durante meses de navegación incierta, la empresa fue castigada por tempestades, deserciones, naufragios y pérdidas humanas que diezmaron sus fuerzas y pusieron a prueba, hasta el límite, la voluntad de sus hombres. Y, sin embargo, la empresa avanzó.

Justamente un 4 de febrero de 1584, tras una travesía extrema que parecía conjurar todos los límites de la resistencia humana, Pedro Sarmiento de Gamboa arribó a la boca oriental del Estrecho de Magallanes. La nao Trinidad varó en Cabo Vírgenes, en la costa norte del acceso atlántico. No fue un arribo casual ni un refugio forzado: fue un acto deliberado de afirmación soberana, una toma de posesión en el umbral mismo del paso interoceánico.

Una semana después, en un territorio desnudo, azotado por vientos implacables y un frío que parecía expulsar al hombre de la tierra, Sarmiento fundó la ciudad de Nombre de Jesús. Poco más tarde, avanzando hacia el interior del Estrecho, estableció Ciudad del Rey Don Felipe. Aquellos asentamientos no fueron improvisaciones ni gestos simbólicos: fueron hitos políticos, marcas tangibles de la presencia efectiva del poder imperial en el extremo austral del continente.

Por primera vez, la Corona española intentaba transformar el Estrecho en un espacio gobernado, no solo transitado. Fortificaciones, poblaciones civiles, planificación defensiva y control del paso oceánico formaban parte de un mismo diseño estratégico, concebido para cerrar el acceso al Pacífico y asegurar la integridad del Imperio.

Una empresa condenada, una lección perdurable

La historia es conocida y trágica. El aislamiento absoluto, la precariedad de los abastecimientos, la dureza extrema del clima y la imposibilidad de sostener líneas logísticas estables condujeron al colapso de la empresa. Ciudad del Rey Don Felipe pasó a la historia con un nombre terrible y elocuente: “Puerto del Hambre”. La mayoría de los colonos pereció. Aquellas ciudades, concebidas como baluartes del Imperio, quedaron reducidas a ruinas, cruces dispersas y silencio.

Pero sería un error —histórico y estratégico— reducir la expedición de Sarmiento de Gamboa a un simple fracaso.

Su gesta demostró con claridad meridiana que el Estrecho de Magallanes no era un espacio marginal, sino un punto neurálgico del sistema imperial global. Precisamente porque era remoto, inhóspito y difícil, su control resultaba decisivo. La Monarquía Hispánica no envió hombres, barcos y recursos por romanticismo geográfico, sino por razón de Estado.

En términos modernos, aquella empresa fue una temprana manifestación de pensamiento geopolítico aplicado: identificar un punto de confluencia estratégico, negárselo al adversario y asegurar la continuidad del poder marítimo.

El Estrecho como legado geopolítico

Cuatro siglos después, el significado del Estrecho de Magallanes permanece intacto. Su condición de corredor bioceánico, espacio de soberanía, plataforma de proyección austral y antesala natural de la Antártica hunde sus raíces en aquellas decisiones tempranas de la Monarquía Hispánica.

La empresa de Sarmiento de Gamboa enseñó, a un costo humano inmenso, una verdad que la historia confirma una y otra vez: la soberanía no se proclama, se ejerce, incluso en los confines del mundo. Y que ciertos territorios, aunque parezcan lejanos y estériles, concentran un valor estratégico desproporcionado respecto de su geografía inmediata. Una lección que Chile, como nación soberana, supo leer, tomando posesión del Estrecho, poblándolo y transformándolo, con el tiempo, en un espacio de promesa, continuidad y proyección.

Hoy, cuando el interés global vuelve a posarse sobre los pasos interoceánicos, las rutas australes y los espacios polares, la gesta de 1584 emerge no como una nota al pie, sino como un acto fundacional de la geopolítica austral.

Allí, en el confín del continente y del Imperio, Sarmiento de Gamboa enseñó una lección que el tiempo no ha desmentido: el Estrecho de Magallanes no se hereda, se conquista con voluntad, presencia y sacrificio.

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