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Venezuela esta lejos de ser un protectorado

Por Eduardo Hodge Dupré, Doctor en Relaciones Internacionales. Director de la Escuela de Humanidades de la Universidad Gabriela Mistral

Durante esta semana, diversos actores han sostenido que Venezuela ha pasado a ser un protectorado de Estados Unidos. Sin embargo, la historia -como lo muestran los casos de Egipto, Marruecos o Túnez- indica que para que exista un protectorado deben concurrir condiciones específicas que, en este caso, no se aprecian con claridad.

En primer lugar, debe existir una asimetría de poder. No obstante, esta condición por sí sola es insuficiente: el sistema internacional es estructuralmente desigual y la asimetría entre Estados -incluso entre grandes potencias como China y Estados Unidos- no implica necesariamente dominación política o pérdida de soberanía.

En segundo lugar, se requiere una cesión efectiva de soberanía estratégica. El territorio “protegido” no define su política exterior ni su defensa, y suele ceder control sobre su propio territorio. Este elemento no se observa en Venezuela y resulta poco probable que ocurra, dadas las resistencias internas y los elevados costos políticos, económicos y sociales que implicaría. A ello se suma la experiencia histórica que ha llevado a Estados Unidos a evitar fórmulas de control directo.

En tercer lugar, los protectorados suelen apoyarse en una narrativa de legitimación, en la que el “protector” se presenta como garante de estabilidad o modernización. Esta retórica no es nueva y ha sido recurrente en la historia estadounidense, sin que por sí misma constituya un indicador decisivo.

Y dos de los elementos decisivos, tampoco existen: no hay un marco jurídico formal que legitime una relación de tutela sobre Venezuela, ni una autoridad local subordinada y sin autonomía real. Por el contrario, las autoridades venezolanas han manifestado reiteradamente su negativa a subordinarse, más allá de declaraciones o amenazas externas.

Lo que hoy observamos no es un protectorado, sino una expresión más de una constante histórica: en un sistema internacional anárquico, las potencias buscan maximizar sus intereses. Etiquetar esta dinámica no la vuelve más compleja ni más precisa.


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