Doctor Nicolás Fernández Ginecólogo Obstetra y Salubrista
Hay políticas públicas que se celebran con discursos, cortes de cinta y fotografías. Un hospital nuevo, una unidad de alta complejidad o la compra de equipamiento siempre producen la sensación de que el Estado está haciendo algo concreto por la salud. La prevención, en cambio, suele ser menos vistosa. No inaugura edificios. No tiene placa conmemorativa. Sus logros ocurren en silencio: una diabetes o hipertensión que no aparece, un infarto que no ocurre, una enfermedad respiratoria que no se agrava, una vida que no disminuye su calidad.
Por eso el nuevo informe de la OCDE sobre enfermedades no transmisibles resulta tan relevante. Su mensaje central es incómodo, pero necesario: enfrentar las enfermedades crónicas no es sólo una obligación sanitaria, sino también una decisión estratégica. Las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas no sólo deterioran la calidad de vida. También reducen productividad, aumentan el gasto en salud y debilitan el crecimiento de los países. La OCDE estima que, si los países alcanzaran los niveles del mejor cuartil en factores de riesgo, la mortalidad prematura caería 11,4%, el gasto sanitario bajaría 6,2% y el PIB anual sería 1,3% mayor entre 2026 y 2050.
Un país enfermo trabaja menos, gasta más, cuida peor y envejece con más fragilidad. Y, sin embargo, seguimos organizando buena parte de la discusión sanitaria como si el sistema comenzara cuando la enfermedad ya está instalada.
Chile debiera leer este informe con especial atención. Para nuestro país, la OCDE identifica la obesidad, la contaminación del aire y la sobrevida por cáncer como prioridades para reducir mortalidad prematura; y la obesidad, la contaminación y el tabaquismo como prioridades para mejorar productividad y crecimiento. No es una lista casual. Habla de alimentación, ciudades, desigualdad territorial, entornos laborales, educación, transporte, acceso oportuno a diagnóstico y capacidad real de la atención primaria.
La tentación habitual será responder con más prestaciones, más especialistas y más infraestructura. Todo eso importa. Nadie sensato podría negar la urgencia de mejorar el acceso al diagnóstico y al tratamiento. Pero el informe muestra algo políticamente más desafiante: prevenir entrega beneficios sanitarios y económicos más amplios que concentrarse sólo en mejorar la sobrevida una vez instalada la enfermedad.
Ahí está el cambio cultural que Chile necesita. No basta con pedirle a las personas que “coman mejor” o “hagan ejercicio” cuando viven en barrios inseguros, trabajan jornadas extensas, respiran aire contaminado o enfrentan alimentos saludables más caros. La prevención real intenta cambiar los entornos que producen la enfermedad.
Regular mejor, planificar ciudades caminables, fortalecer la atención primaria, reducir la contaminación, proteger la alimentación saludable y sostener políticas contra el tabaco son políticas que permiten una infraestructura sanitaria invisible.
El problema es que la prevención rara vez da réditos políticos inmediatos. Sus frutos aparecen años después, muchas veces bajo la forma de tragedias que no ocurrieron. Pero precisamente por eso exige más visión de Estado. Gobernar la salud no es sólo administrar la enfermedad presente. Es evitar, desde hoy, la enfermedad futura.





